sábado, 19 de septiembre de 2015

Madrugada




El cielo gris plomizo dejaba caer jirones grises, como una manta de lana podrida. Bajo la ligera nevada, ante la multitud congregada en la gélida madrugada, se erguía orgullosa la pira, alimentada con ramas de roblenegro, entre la que destacaba el fantasmal mástil de árbol de bruja.

Un hosco silencio pesaba como una maldición sobre los allí reunidos. Pero no habría maldiciones esa noche. El Magister se había asegurado de ello a conciencia. Como dictaba la norma, la habían cegado con espinas ardientes, para que la mirada del otro mundo no se cebara en los vivos. También le había arrancado de raíz su larga cabellera negra, junto con los mechones plateados que la delataban. Las crueles tenazas de los templarios le habían arrancado la lengua, y ahora su voz era un gorgoteo atormentado, sanguinolento. Así lo dictaban las escrituras. Así lo quería Auryon. 

La cautiva sudaba profusamente, y sin embargo, hacia frio. Un frio negro y amargo que calaba los huesos de todos los asistentes. Las llamas llevaban toda la noche lamiendo sin pausa la congelada leña, y por más intentos, por más incendaja y estopa que usaban para alimentarla…no prendía. Habían pasado largas horas, y ella no ardía.


Los aldeanos se rebullían inquietos…”No es natural”, susurraban. Algunos de los más cercanos a la hoguera habían sido enviados a sus casas cuando el zumbido de sus oídos les había producido hemorragias nasales. Todos evitaban a estos como a la peste. El toque del otro mundo, pensaban. Incluso cegada, muda y sin su marca, la bruja se resistía a morir.

Entre la hosca manada de ojos ansiosos y asustados de los campesinos, y el duro carbón indiferente de los clérigos, se escondían dos profundos ojos azules, fríos como un charco de agua helada en la madrugada invernal, que miraban atentamente el poste con una expresión inescrutable, absorta.


La dueña de ese par de increíbles y desafortunados ojos lloraba en silencio, oculta de la vista entre la embrutecida muchedumbre, imperceptible salvo por los vellos erizados de la nuca y el escalofrío casual que recorría a aquellos más cercanos a su opacada silueta.

En la pira, la cautiva gemía, gorgoteaba y se ahogaba en su propia sangre, la niña podía ver los tonos índigo del invisible fuego que rodeaba a la mujer, más ardiente que la triste pira de llamas doradas bajo sus pies. Pero por más que convergieran y se arremolinaran en torno a ella, no podían salvarla. Sin su voz para modular las palabras del cambio, y sin sus ojos para enfocar su ira, la mujer a la que llamaba madre estaba indefensa en su agonía. Y pronto, cuando su voluntad de hierro sucumbiera….estaría muerta.


Tan muerta como lo iba a estar ella misma si no abandonaba la zona pronto. Los enlutados sacerdotes eran poco más que animales, sin sentido ni conocimiento sobre el poder que ambas eran capaces de esgrimir, pero compensaban con creces su ignorancia con su barbarie, y en sus abyectas leyendas había la suficiente verdad como para someter a una de los suyos.


La niña se resistía a abandonar este último mudo homenaje a su mentora, mientras trataba de aguantar las lágrimas y el deseo de desatar su poder contra los pueblerinos. Eso no es lo que ella hubiera querido. Su maestra era sabia, y la había advertido numerosas veces. Quizás pudiera matar o mutilar a cinco, a diez….pero después quedaría a su merced, y de nuevo otra gota de la preciada sangre, del linaje inmortal, sería derramada para perderse en la sombra mientras crueles hierros candentes la desgarraban en su camino al inframundo.


No….Habría tiempo para la venganza, se dijo la niña….Pero no será hoy. 
La letanía monocorde del magister desafiaba el silencio tenso de la multitud con sus reiteradas suplicas a su dios de fuego dorado y las abjuraciones hacia la bruja. Por fin, La niña vio como la espalda de la prisionera se arqueaba convulsivamente, mientras vomitaba una sustancia negruzca, transida de dolor. Su cabeza cruelmente rapada golpeaba el marfileño mástil de la pira, dejando huellas sanguinolentas a cada golpe. Una vez, dos, tres….Hasta que finalmente, con un estertor final, su cuerpo se relajo y quedo inmóvil, colgando de sus ataduras.


Casi al unísono, como si hubiera estado aguardando ávidamente su oportunidad, el fuego casi apagado de la pira creció vertiginosamente envolviendo la frágil figura de la mujer. Un breve chisporroteo y un hedor dulzón a carne quemada, casi torturante, emanó de la pira, que estallaba de ardiente calor. Chispas rojizas caldeaban el ambiente, salpicando a todos los presentes e iluminando sus aliviadas sonrisas. Al fin, parecían decir. Al fin se hace justicia.


Satisfecho, el magister elevó una nueva plegaria de agradecimiento al dios, y dejó a sus templarios la tarea de alimentar la pira hasta que se consumiera plenamente. Bajo sus hábiles manos, y ante la maravilla de los aldeanos, en apenas una hora se consumieron los tristes restos mortales de la mujer, y tan solo quedaron ennegrecidos huesos sobre las brasas, con la desafiante punta color marfil del poste de árbol de bruja intacta como un dedo acusador.


A los blancos copos de nieve se les unieron otros grises y cenicientos provenientes de la pira, bañándolo todo con su mortecino color, dejando el blanco manto convertido en un sucio hollín embarrado, que las pisadas de los aldeanos convertían en cieno al marcharse sonriendo. Unos escupían, otros musitaban plegarias con gazmoñería, pero en todos se notaba esa hipócrita sonrisa de alivio. 

En todos y cada uno de ellos. 

La niña los odió por ello.


La pequeña quedó allí en medio, viendo fascinada como el fuego índigo se dispersaba, y las cenizas de la mujer a la que llamaba madre la iban cubriendo. Sola, una vez mas, con los ojos fríos y el corazón ardiendo de rabia. 
Cuando ya no se hizo necesario cubrirse a los ojos de sus enemigos, levantó el velo de sombras con un gesto, quedando únicamente su figura solitaria destacada sobre la nieve incesante.


Con gesto resuelto, la niña de ojos azules se acercó a la pira, tomo un hueso calcinado y, astillándolo con un chasquido seco, se practicó un corte en la palma de la mano izquierda. Usando sus dedos como pincel, grabó un sigilo sangriento en forma de espiral sobre el poste de árbol de bruja. Mientras lo hacía, sacaba la punta de la lengua por la comisura de los tiernos labios, como una alumna aplicada. Cuando se sintió satisfecha, dio dos pasos atrás, apuntó con los dedos ensangrentados a las casas de la pequeña aldea y musitó unas palabras.


-“Aquello que era tuyo, ahora me pertenece, tu hogar, tu corazón, y por fin….tu vida”


Poco a poco, el terrible fuego que solo ella era capaz de ver se arremolinaba a su alrededor, condesándose al fin en sus ojos con un sobrenatural brillo índigo, que parecía una maliciosa promesa.

Al fin, la niña se encaminó hacia las afueras del pueblo, hollando trabajosamente la nieve con sus pequeños y ateridos pies, partía hacia ninguna parte, hacia la creciente ventisca. 

Y sonreía.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Estrella lejana



Eres perfecta.


Entre mis tinieblas, a veces alcanzo a vislumbrarte. Leves brillos magníficos, que, como la luz de ignotas estrellas llegan a mí en la oscuridad.

¿Estás ahí?, ¿alguna vez estuviste?, no lo se…..solo sé que eres perfecta. Puede que no existas, que tan solo mi imaginación enferma y cansada te construya para llenar los huecos que el cáncer de la soledad horada en mi raída alma…

Y sin embargo, no creo ser capaz ni en mil años de imaginarte tal como eres, la pobre mente agotada de este mortal no podría soportar el roce de lo infinito, de lo perfecto. Asi pues…¿Eres real?, ¿Es tu pelo una ola de ébano?, ¿Una cascada de bronce?, ¿Quizás la misma luz congelada en el tiempo en dorados tonos de amanecer?. Lo ignoro, pero eres perfecta.

Con tus mil nombres, tus cien mil caras, tu millón de sonrisas…..Escondida parte de ti en cada una de ellas. Todas…y ninguna. Te busco y te encuentro, te amo y te pierdo, te vuelvo a buscar…y nunca eres tú, nunca del todo, siempre y nunca, difícil paradoja…

¿Y por qué te imagino, entonces?, imprecisa y serena, agitas mi mente en la noche y tu nombre, que desconozco, envenena mis sueños….A mi lado sólo esta la helada cordillera que forman los pliegues de mis sabanas vacías…Me esfuerzo en recordarte, y no puedo.   ¿Eres una quimera, quizás?, ¿Una formidable sirena que arrastra mi barco a la condena?, ¿Se puede ver el cielo en un sueño?, ¿Es quizás dormir tan diferente a la muerte?....¿Habré de esperar a cruzar el último río para estar contigo?, ¿o te encontraré quizás morando oculta, enhebrada en un alma mortal, como un hilo de oro en la capa de un rey?...

No sé quién eres, ni donde estás, ni siquiera cuando te voy a encontrar, o si lo haré…pero te quiero. Hoy, ayer, mañana, siempre y nunca….te quiero. Ven y ilumina mi senda en la oscuridad. Aquí hace frío, y estoy solo.

martes, 8 de marzo de 2011

Las ruinas de un castillo en las nubes


A veces, en la gélida estepa, preñada de frías nieves y pétreas formas rocosas recortadas contra el azul horizonte…resuenan melodías.

Son fragantes recuerdos de pretéritos imperfectos que nunca más han de darse, pero entre los cortantes vientos del paramo, aun dejan sus etéreos ecos florecer, como dulces fantasmas que acarician el alma y el corazón.

Olfateo ansioso el ambiente, tratando de fijar un único perfume, y al fin, consigo encontrar un camino entre la sinfonía solar del brillante arcoíris. Me transporto elevado en un viaje al pasado en ese aroma dulce, y viajo, atravesando el gélido paramo, el gris océano y la afilada montaña…hasta aquel lugar mas allá de los sueños imposibles, a un castillo en las nubes.

Cerrando los ojos, en muda anticipación voy recordando aquel hermoso lugar. El eterno mar de esponjosas nubes que se extendía hasta donde se pierde la vista, los rosados muros labrados amorosamente en piedra-corazón, latiendo acompasados al sonido de la música elevada del alma….Las doradas torres que brillaban radiantes al sol del amor correspondido….tal era la gloriosa muralla que envolvía aquel castillo.

Siguiendo en aquel mundo anterior al mundo, recuerdo los jardines verdes que rodeaban mi palacio, llenos de rosas rojas como la sangre que late por un corazón enamorado. Esas noches donde solo se escuchaba el fru-fru del brocado y la seda, donde la música de baile ahogaba el silencio en sonetos de pasión y delicadas rapsodias de gozo y dicha. Traspasando las doradas puertas del castillo que siempre, siempre estaban abiertas, se abrían ante el visitante salones de baile donde cien veces cien parejas podían bailar inmersas en su propio mundo un vals arrebatador, sintiéndose como gráciles cisnes que evolucionan al compas de ingrávida música….

Hay aun ecos de aquel baile sobre las baldosas de dorado y blanco fulgor, aquel hermoso momento en que todas las constelaciones del universo brillaron para aquella pareja, suma de todas ellas. Todavía se siente el calor de un millón de soles brillando sobre el salón, y aun flota el eco del beso donde de dos mundos nació uno solo…

Pero eso fue ayer….Abro los ojos, una vez he dejado de seguir mi olfato, para ver que ha quedado en las ruinas de mi castillo en las nubes. Y el panorama es desolador.

La luna brilla fría sobre las ruinas ajadas de la ciudadela. Pueden verse los caídos muros, abatidos por el abandono y el peso de los años. Plateadas telarañas cubren los antaño verdes rosales…hogaño secos y marchitos, tristes esqueletos espinosos donde solo moran torvos arácnidos venenosos.

Combadas y lastradas están las puertas de oro, donde manos avariciosas arrancaron hasta el último fragmento de metal, dejando tan solo la desnuda piedra. El mosaico y los satenes podridos cuelgan de las paredes sin vida, rotos….pútridas momias húmedas arrasadas por voraces hongos.

Ya no embriagan las rosas en los pasillos, ni suena la música en los salones.

Ya no dan pasos de baile parejas enamoradas, y tan solo queda todo a los ratones.

Ya nada queda de ese castillo de naipes encantados sobre las nubes.

Hoy tan solo una marchita cascara es este recuerdo al que vuelves.

Miro atrás, y dejo mi castillo en ruinas, el cual nunca voy a reconstruir. Recorro la dulce senda del recuerdo de vuelta al paramo y me despierto con el limpio olor a nieve en el morro. De nuevo soy un lobo, y no aquel príncipe encantado cuya lapida decora el centro del salón de un castillo en ruinas….mas allá de las nubes.

Aúllo mi endecha por lo que pudo ser, y no fue, y sigo mi camino por la estepa…..una noche más…hacia la ventisca, que no cesa.

domingo, 27 de febrero de 2011

Un cielo de polvora






“Para Bellum”


Naci del frio vientre de mi madre, en un lugar remoto, junto a millones de hermanas. Todas eramos iguales, y todas seguíamos el mismo camino. Todas llevamos su marca grabada en la piel.


Recuerdo con tanto cariño aquellos momentos….deslizandonos todas sobre el fieltro, en un suave vaivén que casi era una danza, rozaba a mis semejantes, chocaba con ellas y volvia atrás de nuevo, mientras dedos delicados y pacientes me examinaban y asentían complacidos. Me sentía plena, útil, feliz….


Despues cayo la oscuridad, y junto a otras muchas, me encerraron en una fría caja. Aun oigo los golpes del martillo que aseguraba los crueles clavos de ese ataúd. Todas estábamos nerviosas, nos preguntábamos porque nos encerraban asi, algunas lloraban en silencio, otras, las mas valientes se mecían estoicas y aseguraban que debíamos ser fuertes, pues un propósito brillaba en nuestra piel. Estabamos marcadas, y nadie puede huir de su destino.


Los olores cambiaban. De los asepticos alcoholes y aceites que atrapaban los sentidos en donde me dieron a luz, pase a el rico olor de la turba, mezclado con la frialdad humeda de la nieve, mas tarde, el aire empezó a oler a mar, a océano, y a libertad. Las voces tras nuestro ataúd cambiaban, de frias y pacientes, a exigentes, brutales, urgentes y duras.


La tapa salta con violencia, y vemos de nuevo la luz desde nuestro oscuro ataúd. Manos groseras y sucias nos hurgan, nos recogen a puñados. No hay respeto, ni veneración, ya no nos acarician. Algunas de mis hermanas se pierden por el camino. Veo sus dorados cuerpos caer rodando y fundirse en el barro. No habrá propósito para ellas, no habrá un final del camino, mas que perderse entre el barro. No habrá besos para ellas. Suspiro y estoy contenta, el destino me reserva algo mejor.


Pronto esas manos me recogen junto a algunas hermanas, y aprietan, golpean, y encajan nuestros finos cuerpos en una caja de metal. Tengo miedo, todo me aprieta y me ciñe como un fleje de acero. Encima de mi mis hermanas lloran, asustadas. Pero debajo de mi hay alguien a quien nunca había visto. Se parece tanto a mi como yo a mis hermanas, pero no es como yo. Ella no llora, ni tiene miedo. Le hablo preguntándole mil cosas, la atosigo con mis dudas, con mis miedos. Le hablo del propósito que el hacedor marco en mi piel, y de lo contenta que estoy de estar cumpliendo con mi destino. Trato de consolarme a mi misma y a mis hermanas diciéndome que pronto volare, y con alas de fuego, alcanzare el cielo que nos han prometido. Ella sonríe, y me dice que soy una ilusa.


Con voz de plomo, la extraña me dice que muy pocas de nosotras alcanzan su destino, que aunque muchas volamos, muchas mas nos quedamos perdidas y desechadas, clavadas en la fría piedra, y que nunca sentiremos el abrazo de un ser vivo. Que nunca podremos besar a alguien. Ella ha visto a sus hermanas perderse, y teme que nos pase lo mismo.


Truenos parten el silencio, gritos de dolor de mis hermanas, “ya empieza”, dice la extraña. Por encima de mi los crueles garfios las levantan, y un martillo las golpea. Huelo el fuego que surge de sus cuerpos dorados, y oigo sus gritos de alegría y dolor. Es como nacer de nuevo, nacer a la vida, al aire fresco y a la libertad. Ansio ser una de ellas, pero la extraña solo rie quedamente, y me dice “espera y veras”. Vuelvo a tener dudas. Por fin es mi turno, y encajo solidamente en una dura prisión. Tan solo tengo tiempo para despedirme de la extraña y decirle adiós. Miro por un túnel estrecho, con un grabado en espiral y atisbo el mundo. Que hay mas alla?. Solo unos ojos, asustados, henchidos de terror, casi desencajados. Oigo gritos de miedo al otro lado del túnel, suplicas de piedad. Por que lloran?, yo solo quiero besarles. Solo quiero que me sientan en su interior. El martillo cae, hay un trueno, brotan de mi espalda alas de fuego y el aire se llena de un olor acre y feroz. Vuelo como el rayo y giro desesperada mientras recorro el túnel que me lleva a la luz. Alli hay una persona. Feliz, por fin, la beso. Luego me entierro en su carne, rompo huesos, perforo órganos, y , con un estampido rojo y atono, salgo al otro lado. Por fin estoy completa, por fin soy yo, quienquiera que fuera esa persona…no te conozco…pero por un breve instante hemos sido uno. Te amo.

sábado, 21 de agosto de 2010

Aullando ante el muro




Los helados botones blancos horadan ya el negro manto nocturno,
Y las frías agujas de la escarcha bañan mi inerme piel expuesta,
El sol, ensangrentado y vencido, por el horizonte se oculta taciturno,
Y brillante salió a jugar su pequeña hermana de plata, en respuesta.

La tierra respira bajo mis pies, lenta y profundamente, exhalando un suspiro,
Mil flores se abren como un frasco de fragancia que el ambiente perfuma,
Los pequeños cantores de la noche afinan con esmero sus violines, sin respiro,
Y ante esta diminuta orquesta, el silencio que el dorado astro impone, se esfuma.

Y ahí estas tu, níveo alabastro de delicadas facciones que ningún Dios oso crear,
Una ola de delicioso ébano, una cascada de negrura tu hermosa faz enmarca,
Con dos brillantes esmeraldas y turquesas que son como la hierba verde y el mar,
Esos pozos de brillante y viva luz en cuyo reflejo, como un rio, un día se perdió mi barca.

Tiemblan mis pobres y torpes patas ante tu mirada, que como una espada me atraviesa,
En esta larga noche que empezó tiempo atrás, nunca imagine que podría encontrarte,
El mundo y su contenido ante tu presencia palidecen, y mi corazón salta cuando en ti piensa,
Valieron la pena los siglos pasados en penumbra, ante la mera posibilidad de poder amarte.

Mas cuando avanzo, tiembla la húmeda tierra bajo mis pies, y observo, sorprendido,
De mi aliento surgen briznas de cristal cuando los amargos frios mis pulmones inflaman,
El gélido aire se condensa, y raudo, crece el violento y frio hielo, en un patrón aprendido,
Ante mi se forja un muro, duro y frio, hecho de puro hielo, que implacable separa a los que aman.

Te elevas sobre mí a alturas imposibles, hechas de pura distancia y oscuro recelo,
Mi alma de lobo gruñe, rabiosa ante el premio que de mis fauces escapa, y triste aúllo,
También yo, con miedo azul, y crueles palabras enladrillé hosco y frío el sombrío hielo,
Ante nuestras trincheras, vacía la tierra de nadie, doy vueltas nervioso, y al fin, huyo.

Vuelvo a mi estepa, amada, a mi hielo y mi nieve, donde un gélido corazón hallara solaz,
Hubo luz en mis ojos, y sonrisa en tus labios, calor que el hielo de nuestro mundo fundió,
Supiste ver tras mis tristes relatos y gélidas palabras, y quiero pensar que de conocerte fui capaz,
Mas el tiempo, callado verdugo, nuestra hora marca en su dorado reloj, y todo se perdió.

Volveré a encontrarte, en otro páramo, bajo otras estrellas, cuando no me ciña la cadena del deber,
Volverás a encontrarme, con otras flores, bajo otro sol, cuando la distancia sea más propicia,
Quiero que todos los días, desde entonces hasta ahora, nuestra sonrisa, salude al amanecer,
Volveremos a encontrarnos, con la mirada y las palabras, y todo brillara de nuevo, Alicia, mi Alicia.
Nunca Adios, siempre hasta pronto. Volveremos a vernos.

miércoles, 21 de julio de 2010

Sumido en el silencio



Silencio.
Es amargo, dulce, calmado, tenso, emocionante y sobrecogedor. Tan difícil de romper cuando uno quiere respuestas…..y tan frágil que una simple palabra puede matarlo.
Silencio es mirar hacia dentro, buscar en tu alma, escuchar solo los latidos de tu corazón. En silencio es cuando uno puede hablar consigo mismo. Cuando la única respuesta viene de tu interior. Hay gente que canta en silencio, gente que llora en silencio, gente que ama en silencio, y gente que muere en silencio.
Dicen que es la ausencia de sonido. Que un silencio es un vacio….pero el silencio, a veces…te llena de preguntas, de matices, de sentimientos y emociones. ¿Qué vacio puede hacer eso?. Un silencio no está nunca vacio. Su interior siempre está lleno de ti. En el más absoluto silencio es cuando llenas el hueco que consideramos vacio con nuestra historia, con nuestros pensamientos, con nuestras reflexiones…Hay palabras vacías…promesas huecas…..pero no silencios.
Un silencio es sabio, porque nunca se equivoca. Si uno no va a decir algo más hermoso que el silencio, es mejor que no diga nada…. Un silencio no juzga, porque tan solo refleja tu propio juicio. Un silencio es amigo. De mis horas de silencio crecen las palabras de mis canciones, las frases de mis cuentos, y las flores de mis metáforas.
Pero al ser el silencio poco más que un espejo que nos refleja, un diario de bitácora, o una pausa para pensar…Nos arriesgamos a que las turbias hebras de nuestro pensamiento se retuerzan y formen trampas. Lazos y redes de arrastre que dragan los pantanos llenos de demonios de nuestro subconsciente. ¿Quién sabe qué ignotas y malignas bestias, qué terribles leviatanes, surgirán a la luz de nuestra mente?. ¿Sabe aquel que lo invoca lo que puede trepar desde los pelágicos abismos de su alma?. ¿Está dispuesto a pagar el precio del silencio?.
Al son del silencio baila el negro Behemoth del autodesprecio, repta la Arpía de la inseguridad, y medra la paralizante Hidra de la soledad. Siempre están ahí, moran con nosotros, forman parte de nuestro ser, pero solo cuando el volumen de nuestros pensamientos cae…salen a jugar con nuestra cordura. De la mano de un silencio pueden venir las lágrimas, la desdicha, el pesar, la duda y el miedo. El silencio puede ser cruel, duro e implacable.
Un silencio puede ser culpable, pero nunca El culpable. El silencio no sabe de causar daño, tan solo nos devuelve la mirada desde el otro lado, como una instantánea en la que el fotografiado clava sus ojos a la cámara. Para nuestro horror, muchas veces, nuestro reflejo es retorcido, sucio, ajado y pálido.
Y es que el silencio no miente.
Silencio es la única palabra que tiene más de mil letras.

martes, 20 de julio de 2010

Cancion para Alicia de los Lobos


En el páramo, bajo el crujiente y delicado sonido de miles de celestes flores de hielo que caen sobre la tundra, oigo una voz.
Me adentro en la oscuridad del bosque, siguiendo el rastro, leve como el correr de un tímido ratón, hasta que por fin, alcanzo la fuente de la melodía, el origen del triste susurro.
Estrecho la vista y observo. Apenas se la entrevé bajo una cortina de pesado terciopelo negro que ondea ante sus ojos, un velo de oscuridad, asfixiante y denso, enhebrado durante esas largas horas que el reloj tiene más allá de medianoche.

Es un velo efímero hecho de áspero humo de cigarrillo, del amargo ritmo de las agujas que repiquetean como óseos dedos sobre la tapa de un ataúd, del último trago de vino que se vuelve amargo en la boca, de añejas telarañas sobre fotos amarilleadas por el tiempo y promesas vacías cuyos ecos rebotan eternamente en los muros de un alma cansada. He sentido su abrazo muchas veces, y lo reconozco.

Barro la bruma con un gesto, y ahondo en la visión. Está sentada en una mecedora de oscura madera, construida con afiladas astillas de desdicha, y con cada balanceo, una viruta más de esperanza es robada por el codicioso trono. El balanceo es hipnótico, ligero, suave…y la acuna como la nana de una madre amante, así es como ella no nota el suave roce de la desesperanza. Una tragedia cotidiana, la muerte de las emociones, un cáncer del alma que no me es ajeno.
Miro más de cerca, y sonrío, amistoso. Sorprendido, observo que no hay ríos de plata que surquen los valles de su rostro, ni el negro espectro de la tristeza desbocada cubre su semblante….Hay gris y pulido acero, brillante, tras esos ojos, que en vez de enfocar al suelo, me devuelven la mirada con muda determinación.

Sonríe, su mirada riela como plateada luz de luna sobre un mar nocturno, desafiando y suplicando a un tiempo. Sus ojos de duro metal me hablan de hielo y sombras, de hogueras brillantes enterradas bajo la nieve tiempo ha, con ardientes rescoldos bajo la superficie. Pero no hay miedo en esa mirada, no, ni tristeza, solo cansancio. Habla, y su voz tiene un timbre radiante y fuerte, como la sinfonía de una espada que añora su olvidada vaina. Al sonido de su voz, el negro y duro hierro de mis venas vibra en sintonía con su canción de acero, y la calidez me inunda.

La invito a seguirme. Le aúllo apasionadas canciones de la helada estepa y el eterno mar, de cumbres nevadas y verdes valles, de esperanza y valor. Se levanta de su amargo trono, y me sigue al bosque. Hace mucho que devoré al conejo blanco que en mi habitaba…pero Alicia, cuyo nombre se infiltra en mi mente en ese instante, me acompaña hacia el paramo. Se suceden las canciones, se hacen pactos, le regalo mis recuerdos y a cambio recibo retazos de su historia, las horas pasan, y el tic-tac asesino calla, amedrentado. Por fin su oscuro velo cae bajo el peso de su sonrisa de luna, y, en un momento eterno, en una serena instantánea del infinito, ríe alborozada. Rio a mi vez, satisfecho.

Durante el viaje, Alicia me pide que le enseñe mi reino. Mis bosques nevados, mis valles verdes, y, ¿Por qué no?, también mis gélidos desiertos. Alicia no tiene miedo, y quiere verlo todo. Poco a poco, se lo voy mostrando, tremendamente halagado por su interés. Mientras ella vaga por mi estepa nevada, yo subo por las verdes colinas que ahora, con el velo de la noche caído y roto, amanecen ante mí. Brinco y salto juguetón, retozando entre las rosas de su alma. Alicia se fascina con el ulular nocturno del búho y el aullido del viento gris en mi noche. Baila alborozada, y sus pasos hollan delicados patrones de esperanza y luz sobre el paramo, hasta que se convierten en letras, las letras en palabras, las palabras en frases, y finalmente, se escribe en fulgurantes letras el libro de su vida. Deslumbrado, solo puedo leer una parte, pero me gusta lo que leo. Ella me pide que no pare de cantar, me dice que con mis canciones el gris acero se troca en brillante plata. Y yo me pregunto….¿Cómo podría dejar de hacerlo?, ¿cómo podría dejar en el silencio a mi Alicia de los lobos?.

Sonríe de nuevo para mí, Alicia, déjate bañar por ese rayo de sol. Hoy el viento trajo las musas a mi puerta….y esta canción…es para ti. Bienvenida seas a mi país de las maravillas.