viernes, 11 de septiembre de 2009

Frente al enemigo




Hoy he ganado una batalla.

En la larga e implacable guerra que es la vida, no hay convenciones de Ginebra a las que acogerse, ni forma de ser neutral. Hay que luchar, sacar las garras, y como decia Shakespeare, mudar nuestro noble rostro por una mascara de furia y asumir la actitud del tigre. Casi siempre uno esta abocado a perder, porque son muchos y variados los enemigos. La destemplanza, el odio absurdo, la sinrazón, el miedo, la traición.....

Pero a veces, ganas. A veces, plantar cara al destino sale a cuenta, y puedes saborear las mieles del exito, y la satisfacción del deber cumplido te colma de esperanza. Un día más, pero no un día cualquiera, es un día de triunfo, y como tal debe celebrarse....y recordarse.

Siempre hemos de afrontar largas campañas, guerras de desgaste y trincheras crueles. No son breves enfrentamientos, sino ofensivas frías. Con la mirada del enemigo acechando al otro lado de la tierra de nadie, con la mente llena de cristales rotos por la terrible espera. "Guerra de nervios", llamaban los británicos a la campaña de Francia. Cuando no sabías si un bombardeo iba a caer, si te morderia alguna alimaña repugnante de la trinchera, si los piojos iban a cebarse con tu piel hasta desollarte.... Las batallas de la vida son así. Jugadas de un ajedrez cruel del que desconocemos las reglas, al que te obligan a jugar con una venda en los ojos. Hay que planear con antelación cada movimiento, porque puede ser el último, y hay que ser paciente como un felino.


Realmente, no es tan difícil ver esta guerra a nuestro alrededor. Las baterías de cañones formadas por el bombardeo de la propaganda absurda, la ametralladora salvaje de la xenofobia, disparando sus cartuchos de odio hasta que el cañón se pone al rojo blanco y el suelo se tiñe con el bronce de los casquillos, a insulto por disparo. Asesinos sutiles como la mentira de un ser querido, que llega como una nube de Cloro en Verdún, asfixiando la confianza, traiciones brutales como un negro puñal en la oscuridad manejado por algún zapador aleman. Hay campos minados en las conversaciones, y los desprecios nos encierran en trenes sin esperanza que parten hacia el este. Estamos en guerra, es evidente para cualquiera que se moleste en mirar, y no estamos ganando, precisamente....


Hoy, no obstante, hay una tregua en mi frente. Puedo dejar mi fusil, limpiarme el sudor manchado de polvo de la frente y beber un trago de agua. Hoy no hay bombardeo programado, ni campos de minas que sortear, hoy puedo dormir el sueño de los justos. Mañana tendré que volver a la guerra..... volver a clavar mis efectos personales con una bayoneta en mi trinchera y salir a golpe de silbato a matar o a que me maten. Pero al fin y al cabo....¿no lo tenemos que hacer todos?. Valor, hermanos de armas, coraje, camaradas, podemos y debemos ganar, juntos prevaleceremos frente al enemigo.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Septiembre


El viento barre las vacías calles, y la ominosa presencia de nubes preñadas de lluvia toma forma. Hay un cambio sutil en el ambiente, puede notarse el ozono que anuncia tormenta, y la humedad se incrementa hasta que es como si estuvieras sumergido en algun mágico lago de etéreas aguas, como si el beso de una sirena te hubiera arrastrado a su pelágico reino. El vello se eriza inconscientemente, previniendo con su gélida sensación el momento en que el cielo se rompe, y frías lagrimas caen suavemente, disolviendo el aroma margoso del terreno con una limpia caricia.


Aún es demasiado pronto para que la alfombra de Orión, dorada y carmesí, extienda su manto sobre el suelo del bosque, y todavía verdes tapices adornan sus paredes. Cuando el llanto termina, puede entreverse como la misma tierra, azotada por el astro rey durante toda una estación, abre su anhelante boca, respirando de nuevo, guardando fuerzas para el invierno. Si uno se detiene lo suficiente a escuchar, casi puede oirse el suspiro, mezcla de alivio y pesar, que emana del suelo.


Septiembre tiene un aroma picante a libro viejo, a humedad y tierra fértil, a patios de hormigón batidos por la lluvia temprana, a tiza en el aire y tinta en los dedos. Tras los placeres del reinado de Apolo, nos parecen parcas y frías las dádivas de este mes, pero, aunque no tan cálidos y animosos, tambien sus secretos son bellos, y merecen encontrarse.


Septiembre me sabe a nostalgia, a reencuentros, finales y comienzos. Es el momento en que tus viejos y polvorientos compañeros de aventuras te reciben con los brazos abiertos. Darwin y Aristóteles, Newton y Da Vinci, Alejandro y César... todos ellos ansían contarte su vida, sus obras, y sus milagros. Falanges apretadas de afilados lápices forman ante nosotros, sacapuntas brillantes, aroma dulce de goma de borrar y calculadoras con esparadrapo....tiempos sencillos y lugares conocidos.


Y es que, amigos, Septiembre tiene alma de libro....de libro viejo y usado, remendado mil veces con celofán transparente, forrado con papel de estraza, marcado por dedos ansiosos, aburridos o indiferentes. Hay imágenes en sus márgenes, extrañas e ignotas claves que tan solo ante su redactor cobran sentido... corazones y flechas, mensajes garrapateados ante la atenta sombra del profesor, promesas y amenazas, sueños y esperanzas, rencores y venganzas. Pálidos avatares que forman oscuros hitos de tinta, como el leve rastro de un roedor asustado en el olvidado camino de nuestra infancia. Camino sin retorno, en el que nunca miramos atrás, en el que nunca nos detenemos a admirar el paisaje, hasta que ya es demasiado tarde para poder hacerlo.


Uno de los grandes problemas de crecer es quizás el cómo todo se vuelve homogéneo, cómo cada día tan sólo es seguido de otro, sin importar mes, año, decada o siglo....Ante el azote del tiempo, el uno de septiembre sólo es martes, Nochebuena un turno de horas extra, y un cumpleaños tan sólo otro clavo en tu ataúd. Es hermoso cuando, de niño, podías observar cada estación vibrar, con su magia acariciando tu mente, y su aroma envolviendo tu piel. Crecer es quizás matar las sorpresas, derribar los muros del castillo de arena que llamamos ilusión. Olvidarse de princesas y dragones en favor de listas de la compra y declaraciones de renta, pasar de conquistar países con tu invencible espada a luchar una batalla perdida contra una inquebrantable esclavitud hipotecaria, ver como, cada vez que la máquina de fichar perfora implacablemente tu tarjeta, se lleva con ella un día de tu vida, y un jirón de tu alma, que ya nunca más volverá.


En ésta amarga carrera contra el olvido tan sólo contamos con los recuerdos para que sirvan como luces en la oscuridad.Son como hebras de un tapiz que cosemos cuando avanzamos, y se deshilacha cuando dejamos de mirarlo, de modo que sólo podemos ver la imagen del presente apresurado, con el ayer robado, y el mañana incierto.