sábado, 21 de agosto de 2010

Aullando ante el muro




Los helados botones blancos horadan ya el negro manto nocturno,
Y las frías agujas de la escarcha bañan mi inerme piel expuesta,
El sol, ensangrentado y vencido, por el horizonte se oculta taciturno,
Y brillante salió a jugar su pequeña hermana de plata, en respuesta.

La tierra respira bajo mis pies, lenta y profundamente, exhalando un suspiro,
Mil flores se abren como un frasco de fragancia que el ambiente perfuma,
Los pequeños cantores de la noche afinan con esmero sus violines, sin respiro,
Y ante esta diminuta orquesta, el silencio que el dorado astro impone, se esfuma.

Y ahí estas tu, níveo alabastro de delicadas facciones que ningún Dios oso crear,
Una ola de delicioso ébano, una cascada de negrura tu hermosa faz enmarca,
Con dos brillantes esmeraldas y turquesas que son como la hierba verde y el mar,
Esos pozos de brillante y viva luz en cuyo reflejo, como un rio, un día se perdió mi barca.

Tiemblan mis pobres y torpes patas ante tu mirada, que como una espada me atraviesa,
En esta larga noche que empezó tiempo atrás, nunca imagine que podría encontrarte,
El mundo y su contenido ante tu presencia palidecen, y mi corazón salta cuando en ti piensa,
Valieron la pena los siglos pasados en penumbra, ante la mera posibilidad de poder amarte.

Mas cuando avanzo, tiembla la húmeda tierra bajo mis pies, y observo, sorprendido,
De mi aliento surgen briznas de cristal cuando los amargos frios mis pulmones inflaman,
El gélido aire se condensa, y raudo, crece el violento y frio hielo, en un patrón aprendido,
Ante mi se forja un muro, duro y frio, hecho de puro hielo, que implacable separa a los que aman.

Te elevas sobre mí a alturas imposibles, hechas de pura distancia y oscuro recelo,
Mi alma de lobo gruñe, rabiosa ante el premio que de mis fauces escapa, y triste aúllo,
También yo, con miedo azul, y crueles palabras enladrillé hosco y frío el sombrío hielo,
Ante nuestras trincheras, vacía la tierra de nadie, doy vueltas nervioso, y al fin, huyo.

Vuelvo a mi estepa, amada, a mi hielo y mi nieve, donde un gélido corazón hallara solaz,
Hubo luz en mis ojos, y sonrisa en tus labios, calor que el hielo de nuestro mundo fundió,
Supiste ver tras mis tristes relatos y gélidas palabras, y quiero pensar que de conocerte fui capaz,
Mas el tiempo, callado verdugo, nuestra hora marca en su dorado reloj, y todo se perdió.

Volveré a encontrarte, en otro páramo, bajo otras estrellas, cuando no me ciña la cadena del deber,
Volverás a encontrarme, con otras flores, bajo otro sol, cuando la distancia sea más propicia,
Quiero que todos los días, desde entonces hasta ahora, nuestra sonrisa, salude al amanecer,
Volveremos a encontrarnos, con la mirada y las palabras, y todo brillara de nuevo, Alicia, mi Alicia.
Nunca Adios, siempre hasta pronto. Volveremos a vernos.