martes, 8 de marzo de 2011

Las ruinas de un castillo en las nubes


A veces, en la gélida estepa, preñada de frías nieves y pétreas formas rocosas recortadas contra el azul horizonte…resuenan melodías.

Son fragantes recuerdos de pretéritos imperfectos que nunca más han de darse, pero entre los cortantes vientos del paramo, aun dejan sus etéreos ecos florecer, como dulces fantasmas que acarician el alma y el corazón.

Olfateo ansioso el ambiente, tratando de fijar un único perfume, y al fin, consigo encontrar un camino entre la sinfonía solar del brillante arcoíris. Me transporto elevado en un viaje al pasado en ese aroma dulce, y viajo, atravesando el gélido paramo, el gris océano y la afilada montaña…hasta aquel lugar mas allá de los sueños imposibles, a un castillo en las nubes.

Cerrando los ojos, en muda anticipación voy recordando aquel hermoso lugar. El eterno mar de esponjosas nubes que se extendía hasta donde se pierde la vista, los rosados muros labrados amorosamente en piedra-corazón, latiendo acompasados al sonido de la música elevada del alma….Las doradas torres que brillaban radiantes al sol del amor correspondido….tal era la gloriosa muralla que envolvía aquel castillo.

Siguiendo en aquel mundo anterior al mundo, recuerdo los jardines verdes que rodeaban mi palacio, llenos de rosas rojas como la sangre que late por un corazón enamorado. Esas noches donde solo se escuchaba el fru-fru del brocado y la seda, donde la música de baile ahogaba el silencio en sonetos de pasión y delicadas rapsodias de gozo y dicha. Traspasando las doradas puertas del castillo que siempre, siempre estaban abiertas, se abrían ante el visitante salones de baile donde cien veces cien parejas podían bailar inmersas en su propio mundo un vals arrebatador, sintiéndose como gráciles cisnes que evolucionan al compas de ingrávida música….

Hay aun ecos de aquel baile sobre las baldosas de dorado y blanco fulgor, aquel hermoso momento en que todas las constelaciones del universo brillaron para aquella pareja, suma de todas ellas. Todavía se siente el calor de un millón de soles brillando sobre el salón, y aun flota el eco del beso donde de dos mundos nació uno solo…

Pero eso fue ayer….Abro los ojos, una vez he dejado de seguir mi olfato, para ver que ha quedado en las ruinas de mi castillo en las nubes. Y el panorama es desolador.

La luna brilla fría sobre las ruinas ajadas de la ciudadela. Pueden verse los caídos muros, abatidos por el abandono y el peso de los años. Plateadas telarañas cubren los antaño verdes rosales…hogaño secos y marchitos, tristes esqueletos espinosos donde solo moran torvos arácnidos venenosos.

Combadas y lastradas están las puertas de oro, donde manos avariciosas arrancaron hasta el último fragmento de metal, dejando tan solo la desnuda piedra. El mosaico y los satenes podridos cuelgan de las paredes sin vida, rotos….pútridas momias húmedas arrasadas por voraces hongos.

Ya no embriagan las rosas en los pasillos, ni suena la música en los salones.

Ya no dan pasos de baile parejas enamoradas, y tan solo queda todo a los ratones.

Ya nada queda de ese castillo de naipes encantados sobre las nubes.

Hoy tan solo una marchita cascara es este recuerdo al que vuelves.

Miro atrás, y dejo mi castillo en ruinas, el cual nunca voy a reconstruir. Recorro la dulce senda del recuerdo de vuelta al paramo y me despierto con el limpio olor a nieve en el morro. De nuevo soy un lobo, y no aquel príncipe encantado cuya lapida decora el centro del salón de un castillo en ruinas….mas allá de las nubes.

Aúllo mi endecha por lo que pudo ser, y no fue, y sigo mi camino por la estepa…..una noche más…hacia la ventisca, que no cesa.