sábado, 19 de septiembre de 2015

Madrugada




El cielo gris plomizo dejaba caer jirones grises, como una manta de lana podrida. Bajo la ligera nevada, ante la multitud congregada en la gélida madrugada, se erguía orgullosa la pira, alimentada con ramas de roblenegro, entre la que destacaba el fantasmal mástil de árbol de bruja.

Un hosco silencio pesaba como una maldición sobre los allí reunidos. Pero no habría maldiciones esa noche. El Magister se había asegurado de ello a conciencia. Como dictaba la norma, la habían cegado con espinas ardientes, para que la mirada del otro mundo no se cebara en los vivos. También le había arrancado de raíz su larga cabellera negra, junto con los mechones plateados que la delataban. Las crueles tenazas de los templarios le habían arrancado la lengua, y ahora su voz era un gorgoteo atormentado, sanguinolento. Así lo dictaban las escrituras. Así lo quería Auryon. 

La cautiva sudaba profusamente, y sin embargo, hacia frio. Un frio negro y amargo que calaba los huesos de todos los asistentes. Las llamas llevaban toda la noche lamiendo sin pausa la congelada leña, y por más intentos, por más incendaja y estopa que usaban para alimentarla…no prendía. Habían pasado largas horas, y ella no ardía.


Los aldeanos se rebullían inquietos…”No es natural”, susurraban. Algunos de los más cercanos a la hoguera habían sido enviados a sus casas cuando el zumbido de sus oídos les había producido hemorragias nasales. Todos evitaban a estos como a la peste. El toque del otro mundo, pensaban. Incluso cegada, muda y sin su marca, la bruja se resistía a morir.

Entre la hosca manada de ojos ansiosos y asustados de los campesinos, y el duro carbón indiferente de los clérigos, se escondían dos profundos ojos azules, fríos como un charco de agua helada en la madrugada invernal, que miraban atentamente el poste con una expresión inescrutable, absorta.


La dueña de ese par de increíbles y desafortunados ojos lloraba en silencio, oculta de la vista entre la embrutecida muchedumbre, imperceptible salvo por los vellos erizados de la nuca y el escalofrío casual que recorría a aquellos más cercanos a su opacada silueta.

En la pira, la cautiva gemía, gorgoteaba y se ahogaba en su propia sangre, la niña podía ver los tonos índigo del invisible fuego que rodeaba a la mujer, más ardiente que la triste pira de llamas doradas bajo sus pies. Pero por más que convergieran y se arremolinaran en torno a ella, no podían salvarla. Sin su voz para modular las palabras del cambio, y sin sus ojos para enfocar su ira, la mujer a la que llamaba madre estaba indefensa en su agonía. Y pronto, cuando su voluntad de hierro sucumbiera….estaría muerta.


Tan muerta como lo iba a estar ella misma si no abandonaba la zona pronto. Los enlutados sacerdotes eran poco más que animales, sin sentido ni conocimiento sobre el poder que ambas eran capaces de esgrimir, pero compensaban con creces su ignorancia con su barbarie, y en sus abyectas leyendas había la suficiente verdad como para someter a una de los suyos.


La niña se resistía a abandonar este último mudo homenaje a su mentora, mientras trataba de aguantar las lágrimas y el deseo de desatar su poder contra los pueblerinos. Eso no es lo que ella hubiera querido. Su maestra era sabia, y la había advertido numerosas veces. Quizás pudiera matar o mutilar a cinco, a diez….pero después quedaría a su merced, y de nuevo otra gota de la preciada sangre, del linaje inmortal, sería derramada para perderse en la sombra mientras crueles hierros candentes la desgarraban en su camino al inframundo.


No….Habría tiempo para la venganza, se dijo la niña….Pero no será hoy. 
La letanía monocorde del magister desafiaba el silencio tenso de la multitud con sus reiteradas suplicas a su dios de fuego dorado y las abjuraciones hacia la bruja. Por fin, La niña vio como la espalda de la prisionera se arqueaba convulsivamente, mientras vomitaba una sustancia negruzca, transida de dolor. Su cabeza cruelmente rapada golpeaba el marfileño mástil de la pira, dejando huellas sanguinolentas a cada golpe. Una vez, dos, tres….Hasta que finalmente, con un estertor final, su cuerpo se relajo y quedo inmóvil, colgando de sus ataduras.


Casi al unísono, como si hubiera estado aguardando ávidamente su oportunidad, el fuego casi apagado de la pira creció vertiginosamente envolviendo la frágil figura de la mujer. Un breve chisporroteo y un hedor dulzón a carne quemada, casi torturante, emanó de la pira, que estallaba de ardiente calor. Chispas rojizas caldeaban el ambiente, salpicando a todos los presentes e iluminando sus aliviadas sonrisas. Al fin, parecían decir. Al fin se hace justicia.


Satisfecho, el magister elevó una nueva plegaria de agradecimiento al dios, y dejó a sus templarios la tarea de alimentar la pira hasta que se consumiera plenamente. Bajo sus hábiles manos, y ante la maravilla de los aldeanos, en apenas una hora se consumieron los tristes restos mortales de la mujer, y tan solo quedaron ennegrecidos huesos sobre las brasas, con la desafiante punta color marfil del poste de árbol de bruja intacta como un dedo acusador.


A los blancos copos de nieve se les unieron otros grises y cenicientos provenientes de la pira, bañándolo todo con su mortecino color, dejando el blanco manto convertido en un sucio hollín embarrado, que las pisadas de los aldeanos convertían en cieno al marcharse sonriendo. Unos escupían, otros musitaban plegarias con gazmoñería, pero en todos se notaba esa hipócrita sonrisa de alivio. 

En todos y cada uno de ellos. 

La niña los odió por ello.


La pequeña quedó allí en medio, viendo fascinada como el fuego índigo se dispersaba, y las cenizas de la mujer a la que llamaba madre la iban cubriendo. Sola, una vez mas, con los ojos fríos y el corazón ardiendo de rabia. 
Cuando ya no se hizo necesario cubrirse a los ojos de sus enemigos, levantó el velo de sombras con un gesto, quedando únicamente su figura solitaria destacada sobre la nieve incesante.


Con gesto resuelto, la niña de ojos azules se acercó a la pira, tomo un hueso calcinado y, astillándolo con un chasquido seco, se practicó un corte en la palma de la mano izquierda. Usando sus dedos como pincel, grabó un sigilo sangriento en forma de espiral sobre el poste de árbol de bruja. Mientras lo hacía, sacaba la punta de la lengua por la comisura de los tiernos labios, como una alumna aplicada. Cuando se sintió satisfecha, dio dos pasos atrás, apuntó con los dedos ensangrentados a las casas de la pequeña aldea y musitó unas palabras.


-“Aquello que era tuyo, ahora me pertenece, tu hogar, tu corazón, y por fin….tu vida”


Poco a poco, el terrible fuego que solo ella era capaz de ver se arremolinaba a su alrededor, condesándose al fin en sus ojos con un sobrenatural brillo índigo, que parecía una maliciosa promesa.

Al fin, la niña se encaminó hacia las afueras del pueblo, hollando trabajosamente la nieve con sus pequeños y ateridos pies, partía hacia ninguna parte, hacia la creciente ventisca. 

Y sonreía.

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